CCF – Carta de Olga Ikonomidou

La siguiente carta fue la contribución de Olga Ikonomidou a las jornadas “Mujeres frente al encierro” realizadas 10-11 de junio en casa ocupada Patission 61&Skaramaga en Atenas. La versión original en griego está aquí

http://athens.indymedia.org/front.php3?lang=el&article_id=1302790
En el mismo folleto se encuentran también otros textos relacionados con el tema, entre ellos cartas de algunas presas sociales y uno de Konstantina Karakatsani (que se intentará de traducir dentro de poco).
Recordamos que la compañera Olga fue detenida el 14 de marzo de 2011 en Volos junto a otros 4 compañeros y luego asumió la pertenencia a
Conspiración de Células del Fuego.

Carta de Olga Ikonomidou

El 19 de marzo un jeep de EKAM (Unidad Especial Represiva Antiterrorista) acompañado por tres coches patrullas se para frente a una enorme rodante puerta de hierro. Un guardia pide las papeles. Todo en orden y…la puerta se está abriendo. Mientras que se va cerrando detrás de nosotros, un otro, vallado mundo aparece ante mis ojos. Es la cárcel Eleonas de Thiva.

Salgo del jeep acompañada por dos mujeres de Sección Antiterrorista que durante los cuatro últimos días cumplían, con gran mérito, papel de mis gobernantas. Precisaron un par de minutos de espera para entregarme a los nuevos tutores de mi vida. Durante esos pocos minutos escuché de ellas comentarios al estilo “Que lindo está por aquí…bien mantenido edificio”. Había considerado de despedirme de ellas diciendo “Si te gusta tanto, venga quedate aquí”. Naturalmente, para un visitante sólo la idea de que pudiera quedarse en cualquiera cárcel le asusta, sólo tal idea hace a la gente, y hasta a los infrahumanos, cerrar su boca y simplemente irse. La cárcel de mujeres de Thiva es una recién construida monstruosidad progresista con rectangulares y bifurcados pasillos, cámaras de vigilancia que cubren a cada rincón y no dejen ningún lugar “ciego”, carceleros mujeres y hombres, puertas automáticas con rejas cada 10 metros, patios de cimiento vacíos y más pequeños que el campo de baloncesto rodeados por muros que terminan con alambre de púas. Detrás de esos muros haya un espacio de seguridad que llega hasta el exterior y te separa de la libertad. Desde unas casitas elevadas por arriba los guardias están vigilando casi 24 horas al día si quizás alguna encuentre un agujero y se escape.
Un pequeño y vallado jardín zoológico se encuentra entre la puerta exterior y la entrada principal de la cárcel. No haya acceso ni tampoco contacto visual con ese jardín para las presas. Sólo lo ven los visitantes, las presas que trabajan de limpieza y cuando te llevan al despacho de los oficiales de guardia. Se imaginaban que el paisaje pareciese más natural si los animales encarcelados sean justo a lado de las personas encarceladas. La democracia además cuida de “adornar” a sus monstruitos.
Después de pasar 3 semanas en la llamada ala de adaptación estoy ya de manera fija en la ala 3, en una celda en que caben 14 personas. No diría que la convivencia forzosa con 12 mujeres es la cosa más sencilla. Teniendo cero del espacio personal y cada una con un antojo o rareza diferente, cualquiera fácilmente puede sobrepasar sus límites. Aparte de las 2 horas y media por el día en que puedo salir al patio, las demás se limitan a una sala 20 por 30 metros. Se trata del espacio permitido para moverse. En esta sala estoy tomando el café, comiendo, leyendo, escribiendo, escuchando música, pensando. En este espacio estoy pasando mi vida los últimos 2 meses y medio, y por un tiempo todavía indefinido. Las paredes están pintadas hasta el techo con imágenes de praderas, arboles, mares y peces. Así intentaron dar a la cárcel un aspecto más humano. Hacer las presas creer que la privación de un paisaje natural se puede remplazar con pinturas. Durante los primeros días me parecía una broma de mal gusto, ahora terminó siendo algo irritante.
El personal se mueve de una manera semejante contradictoria. Típicas carceleras que intentan fingir que el trabajo que hacen puede ser librado de culpa por su naturaleza. Se creen que hasta la cortesía es capaz de compensar al recuento de mañana y de tarde, la insensibilidad y indiferencia que muestran cuando las presas tienen sus crisis y muy a menudo se rayan los manos, en unos estallidos propios de toxicómanas. Son las mismas que generosamente reparten los medicamentos para así evitar alborotos, mientras que al mismo tiempo cuando se trata de cualquier otra enfermedad “el Depón lo cura todo”. Ellas son las mismas que, dependiente de los ordenes que reciben, no dudarán de llevarte a la celda de aislamiento, desnudarte para el chequeo porqué sí, ellas son las mismas que durante su “tiempo libre” se asomarán con descaro en mis cartas. Son ellas que, cuando llega las 9 de la tarde cerrarán las puertas detrás suyo y con la misma comodidad te dirán “buenas noches”. La hipocresía en toda su grandeza. Acá las bendiciones no caben. Ninguna buena noche ni buen día existe en la cárcel. Sólo haya días y noches.

La lógica de dominación está promulgando la división de las personas según unas características aparente fragmentarias. De este modo crea unas aparentes comunidades con el resultado siendo fortalecimiento del desigualdad y del antagonismo. La ética de la sociedad responde a esta llamada, no sólo reproduciendo a esa lógica, pero en mayoría de casos convirtiéndose en su más grande defensor. La clase social, la nacionalidad, el género son algunos de los ejemplos que a diario moldean las percepciones y conductas. La cárcel es una parte fundamental del sistema y la comunidad de presos constituye microcosmos de una sociedad comprimida. Por lo consiguiente pues, los síntomas del mundo enfermo en que vivimos llegan también al dentro de los muros. La cárcel por un lado, de cierta manera colectiviza a los presos obligándolos de reconocerse en una identidad colectiva marcada negativamente por la condena. Al mismo tiempo, la división aparece en toda su grandeza repartiendo a hombres y mujeres en diferentes penales. Una vez más repartirá también,tanto mujeres como hombres, en alas de protección, alas de toxicómanos, de gitanos, de menores, de madres con niños, de “indisciplinados”, de celdas blancas. Cada categoría necesita ser gestionada y afrontada de modo diferente, correspondiendo al interés que tiene el sistema. Los sumisos gusanos (chivatos) y los ex-siervos del sistema (maderos corruptos quemados por el sistema mismo) serán protegidos, las madres con niños se convertirán en herramienta para un aparente humanitarismo, los toxicómanos recibirán el desprecio y la indiferencia. Dignas mujeres presas que viven bajo alguna de estas condiciones, como la de las toxicómanas, seguramente podrán explicarlo de manera más detallada y descriptiva de sus experiencias.
Como anarquista revolucionaria considero que la separación a base del género social es una cuestión que tiene sus extensiones sociales tanto dentro como fuera de los muros. Es una cuestión que mayoría de las veces queda subestimada y algunas otras sobrestimada de manera distorsionada. Considero que existe una muy enraizada durante los siglos percepción entre la gente sobre cuáles características y comportamientos corresponden (y sean apropiadas) sólo a las mujeres y cuáles sólo a los hombres. A base de género se habían creado papeles e identidades sociales que cada uno y una adquiere desde el momento en que nace y luego está cargada con ellos toda su vida. Se trata de una separación más profunda que la sociedad había aceptado.
La realidad social define la mujer como género débil y los reflejos de eso en la práctica son de hecho infinitos y ocurren cada día . La reproducción de una tal condición automáticamente define a un sujeto como inferior, la presenta como víctima y acaba afrontándolo como una especie protegida. Sin embargo, en cada relación haya quién produce/emite algo y haya quién lo acepta/admite. El género femenino en su mayoría acepta a su identidad social y así sea llevado a la lógica de victimización, sea para rehusar a las responsabilidades o sea para sosegarse justificando a su propia inercia puesto que así las “exigencias” se minimizan de manera automática. El punto de vista victimizado de cualquier cuestión conduce al derrotismo e incapacidad de valorar capacidades y habilidades del individuo. La fuerza de individualidad propia y sus responsabilidades tanto al nivel personal como colectivo es lo que promulga a los momentos, condiciones y acciones liberadoras.
Hablando sobre mi, nunca había considerado que pertenezco al “género débil” y nunca quería ser un ser pasivo. Me liberé de los síndromes de culpa con cuales te carga la sociedad y tracé mi camino de acuerdo con mis propios valores de “yo quiero”. En mi camino muchas veces había encontrado las miradas que fueran todavía enjauladas dentro de los estereotipos del género social. Según mi opinión, hasta en el seno del ámbito antiautoritario frecuentemente monta sus emboscadas el prejuicio por parte de los hombres y la conformidad, que llega hasta el punto de aprovecharse de éste,con su papel por parte de mujeres. En mis propios ojos no puede llamarse persona rebelde alguien que no lucha por abolir a los papeles sociales. En primer lugar para sí mismo, al nivel interior, y luego en su relación con otros, al nivel exterior. Es un proceso de búsqueda interior, pero también del rechazo fundamental de ese mundo. Porque en esta vida nada que vale la pena mencionarlo queda regalado, tú misma tienes que reivindicarlo. La esencia está para mi en lo cómo finalmente la mujer misma supere a los residuos con cuales fue cargada por la sociedad y cómo se comportará liberada de esos. Sólo entonces los papeles se rompen, desaparecen dando lugar a una postura activa. Yo había elegido a la postura activa en un mundo de pasividad. Había elegido de activamente tomar parte en una organización revolucionaria. No seguí a nadie, ni fui llevada por algo. Decidí. Fui presente en las debates, cuando se iba tomando decisiones, durante las acciones y ahora , a la hora de pagar. Asumí la responsabilidad de mis actos a pesar de que pudiera aprovecharme de mi identidad como mujer y así recibir un trato más favorable. Pero, ¿cómo digno sería eso?
En la historia, la mujer que se está implicando en unos proyectos revolucionarios de hecho logra de romper dos papeles a la vez. Por un lado, de manera consciente deroga a su identidad de persona legal, cuestionando a las leyes y el orden y luego, en segundo lugar, deroga a su identidad como mujer, superando al concepto de los papeles de género social (madre, esposa,novia), los cuales la sociedad misma le ha prestado.
Las autoridades alemanas en la década de los ´70, cuando la organización revolucionaria RAF era activa y contaba con bastantes mujeres, había emitido el orden :”Como primero disparen a las mujeres”. El hecho de superar esencialmente a esos dos papeles hizo a las mujeres más decididas, más conscientes pero también más peligrosas en comparación con los hombres que, debido a su género se supone que son un elemento compatible con la delincuencia (eso según el científico acercamiento del Estado), han seguido un camino más natural.

Sin embargo, cada época tiene sus propias características y sus propias condiciones. El ámbito antiautoritario frecuentemente está buscando un sujeto revolucionario en el seno de los ilegales, estimando que el hecho de cuestionar las leyes tras cometer uno o más actos ilegales supone también cuestionar a lo existente. En forma correspondiente sería que la mujer que está cuestionando a las leyes, por lo tanto cuestiona también, aunque sea de manera inconsciente, su papel social.
No obstante, al vivir la realidad de la cárcel de mujeres, y cárcel Eleonas de Thiva en concreto, se puede comprobar que el pequeño burgués y moderno comportamiento de acuerdo con papeles sociales asumidos se había trasladado también dentro de los muros. El acto ilegal que fue cometido no era nada más que un momento. Es característico que la mayoría de mujeres no hable sobre el “crimen” que habían cometido, sino dice que el hombre la empujó de hacerlo. Es decir, a ese acto ilegal por lo cual está en la cárcel no lo siente siquiera como parte de su misma, y por esto reproduce la lógica victimista. El papel de madre fue dejado a lado para delinquir, pero, al vivir la condición del encierro, rápidamente sea recuperada la identidad de madre-protectora. Siente que quizás así se puede salvar de su maldición puesto que quedó obligada de vivir lejos de sus hijos. Muchas veces su papel la guiará en lo que se refiere a los tratos que sufre en la cárcel, se convierte en su miedo y su permisividad. El sistema penitenciario que saca todo a amenazas pisará sobre esta debilidad reclamando cada tipo de cosas en intercambio, la prioridad siendo subordinación a las reglas carcelarias y los informes sobre otras presas. Al mismo tiempo se ocupará de humillarla en muchas maneras, obligando-la a soportar, aparte de chequeos corporales , también chequeos de sus hijos, a menudo pequeños, si quiere verlos en la sala de visitas abierta. Ante esta condición tan ofensiva, ella misma y su incapacidad de superar a las identidades sociales canalizan a su energía en tratar de sobrevivir en la cárcel haciendo la cotidianidad dentro parecida a la que tenía fuera. Frecuentes visitas en la peluquería, intercambio o venta de ropa, maquillaje.
En tiempos más viejos la comunidad carcelaria era constituida por los fuera de la ley desesperados. Desde la gente que ya no les quedaba ninguna esperanza de ver cambiarse la realidad en que vivían, excluidos del consumo, marginalizadas por la sociedad. La forzosa designación, sin salida ninguna, al más bajo escalón social, provoca rabia, la cual es pre-condición necesaria para que naciera cualquier intento de liberación. Igualmente, la rabia por sí misma no es ni política ni apolítica. Depende de las maneras en que una quiere o puede expresarla. Esta rabia parece que es lo que falta hoy aquí dentro. Reina algo contrario, una resignación. Mientras que la mayoría de mujeres aquí son extranjeras y no saben siquiera sobre lo que pasó en la calle Tercero de Septiembre ni sobre los acontecimientos que ocurrieron luego*, se está creando un gran abismo entre una simple supervivencia y la sana conducta insurrecta. Desde un punto de vista tan subjetivo como conciencia sobre la situación real fuera y sobre verdaderas intereses, estas mujeres están todavía muy confundidas.
La cárcel no está compuesta por desesperados (lo son solamente los toxicómanos, que de un lado por su dependencia y de otro lado por la taimada represión tras restringido acceso a los medicamentos, tienen unas posibilidades limitadas). En las cárceles de mujeres el crimen económico tanto como el tráfico de grandes cantidades de droga marcan a nuestra época. En ningún caso ya alguien o alguna queda excluida del consumo, algo que enajena a la rabia y, combinado con las identidades sociales, hace que las mujeres al fin siguen siendo unas victimas de sus propias ilusiones. Naturalmente, esta percepción no es universal. Haya y siempre habrá aquí dentro algunas que guardan su dignidad y cabeza arriba. En la mente de las cuales los “empleados”, como lo quieren ahora ellos que se les llame, siguen siendo carceleros y su uniforme sea para siempre en punto de mira. Para ellas también la solidaridad con presos nunca pierde su sentido. No en el sentido de defender el papel de preso, sino siendo en contra de su propia condición de encierro. La condición aquella que nos priva de lo más precioso bien, la libertad física, y con la cual sin embargo están conectadas penosas limitaciones de cada tipo. De la interrupción de relaciones sexuales hasta la vejatoria dependencia de los mecanismos carcelarios para la comunicación. Dentro de éste marco hay un gozo particular en esos pequeños agrados arrancados de la maquina represiva.

La solidaridad tiene que quedarse viva cuando se trata de las movilizaciones de presos y intacta, objetiva y en alerta en casos que tienen que ver con presos políticos. Según mi opinión las concentraciones solidarias no deben limitarse sólo a unas fechas ceremoniosas como por ejemplo el Fin del Año, sino tienen que mantener sus aspectos reflexivos de respuesta inmediata para de este modo convertirse en palanca de presión cada vez cuando los caprichos penitenciarios ponen los presos a la prueba. La solidaridad tiene que ser herramienta que hará destacar a los casos de anarquistas aprisionados pero no enfocándose en cada uno por separado, no a base de relaciones personales, no a base de criterios como culpa o inocencia. Además, en ese mundo nadie es inocente, todas somos culpables. Unas por ser conscientes y haber tomado acción contra lo que nos oprime y otros por su tolerancia hacia instituciones opresivas.

Mando mis saludos revolucionarios a todas y todos que bajo la presión de los tiempos que vivimos con terquedad deciden de tomar la acción.

Olga Ikonomidou
miembro de O.R. Conspiración de Células del Fuego
Cárcel Eleonas, Thiva (Tebes)

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*Nota de traductor: Se refiere a los seguidos pogroms fascistas (realizados con ayuda de vecinos del barrio y policías) contra los inmigrantes, ataques que duraron varias semanas y resultaron con por lo menos un inmigrante muerto y decenas heridos por cuchilladas y palizas, ocurridos después de la muerte de un griego matado por inmigrantes (motivo fue el robo) en aquella calle del centro de Atenas en mayo de 2011.

 

 

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